La boca de un niño no empieza en los dientes

Hay una frase que escuchamos muchísimo en consulta: 

—Pero si todavía tiene dientes de leche… 

Y cada vez que la oigo pienso lo mismo: precisamente. 

Durante años hemos entendido el dentista como el lugar al que se va cuando algo se estropea. Hay una caries, empastamos. Duele una muela, buscamos la causa. Los dientes salen torcidos, ponemos ortodoncia. 

Pero en un niño, esperar a que el problema sea visible es, muchas veces, perder la parte más interesante de nuestro trabajo: entender cómo está creciendo. 

Porque la boca de un niño no son solo dientes. Es respiración, lengua, labios, deglución, masticación, sueño, hábitos y desarrollo de los maxilares. Y todo eso empieza mucho antes de que aparezca el primer bracket. 

Por eso la primera visita al odontopediatra se recomienda durante el primer año de vida. No porque un bebé necesite «tratamientos dentales», sino porque ahí empieza la prevención: enseñar higiene, revisar la erupción, valorar el riesgo de caries, hablar de alimentación y detectar dificultades que pueden influir en la función oral. 

Un ejemplo es el frenillo lingual. Tener frenillo no es una enfermedad —todos tenemos uno— y no todo frenillo corto necesita tratarse. Lo importante no es solo cómo se ve, sino qué puede hacer esa lengua. Si existe una limitación funcional real, por ejemplo durante la lactancia, conviene valorarlo de forma individual y, cuando sea necesario, trabajar conjuntamente con pediatría, lactancia, logopedia u otros profesionales. 

A medida que el niño crece aparecen otras pistas

Un niño que duerme habitualmente con la boca abierta, ronca, mantiene los labios separados o respira predominantemente por la boca merece que intentemos averiguar por qué. El odontólogo y el ortodoncista no sustituyen al pediatra ni al otorrino, pero podemos detectar señales y trabajar conjuntamente con ellos cuando el caso lo necesita. La salud infantil funciona mejor cuando dejamos de mirar cada especialidad como una isla. 

También observamos dónde descansa la lengua, cómo traga, cómo mastica, si se chupa el dedo, cuánto tiempo mantiene el chupete y cómo se relacionan sus maxilares. Y sí, la postura de cabeza y cuello también puede formar parte de esa fotografía funcional, siempre con prudencia: no todo problema postural nace en la boca ni todo se soluciona ensanchando un paladar. 

Y mientras miramos todo eso, hay algo menos sofisticado que sigue siendo fundamental: evitar la caries.

La caries infantil es, en gran medida, prevenible. Cepillado desde la aparición del primer diente con pasta fluorada adecuada, control de la frecuencia de azúcares, revisiones periódicas y medidas preventivas individualizadas pueden cambiar la historia dental de un niño. 

Y aquí volvemos a los famosos dientes de leche

Sí, se caen. Pero antes tienen que durar años. Sirven para masticar, hablar, mantener el espacio para los dientes definitivos y permitir que el niño viva sin dolor ni infecciones. Una caries profunda en un diente temporal puede doler, infectarse, afectar a la alimentación o al sueño y obligarnos a realizar tratamientos más complejos de los que habríamos necesitado llegando antes. 

Por eso una caries en un diente de leche no debería ignorarse simplemente porque «ese diente se va a caer». Habrá casos en los que, por el momento de recambio o la situación concreta, no sea necesario tratarlo, pero esa decisión debe tomarse después de valorarlo, no antes. 

Y luego está la ortodoncia

Muchos padres esperan a que hayan salido todos los dientes definitivos para consultar. Sin embargo, la primera valoración ortodóncica se recomienda alrededor de los siete años. A esa edad conviven dientes temporales y definitivos y todavía estamos observando crecimiento. Podemos detectar mordidas cruzadas, discrepancias entre los maxilares, falta de espacio, alteraciones en la erupción o hábitos que interfieren en el desarrollo. 

¿Significa esto que todos los niños de siete años necesitan aparato? 

Rotundamente no. 

Valorar no es tratar. 

Muchas veces la mejor decisión es no hacer nada y revisar más adelante. Pero no hacer nada porque hemos valorado que es lo correcto no es lo mismo que no mirar. 

Nos hemos acostumbrado a pensar que la odontología infantil consiste en conseguir que un niño «se deje hacer» un empaste. Yo prefiero pensarla al revés: 

¿Qué podemos hacer para que necesite el menor número posible de empastes, extracciones o tratamientos complejos? 

A veces será cepillado y flúor. Otras, cambiar un hábito, vigilar una erupción o trabajar con un pediatra, un otorrino, un logopeda o un especialista en lactancia. Y otras veces sí, intervenir en el momento adecuado. 

La prevención tiene un pequeño problema de marketing: cuando funciona, no ocurre nada. No hay un antes y después espectacular ni un tratamiento heroico que enseñar. Hay simplemente un niño que creció bien. 

Y quizá ese sea, precisamente, el mejor resultado.

Sobre Hunayda Bumedien

La Doctora Hunayda Bumedien es Licenciada En Odontología por la Universidad de Granada (UGR); Master universitario en Ortodoncia y Ortopedia dentofacial por la UCAM; Master oficial Sistema Invisalign; Posgrado en microimplantes ortodóncicos y ortopedia dentofacial por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA); Master internacional Invisalign; Master en DSD (Diseño Digital de Sonrisa); Master en odontología legal y forense por el CEVUG.

Fundadora e ideóloga de La Fábrica de Sonrisas, su profesionalidad, honestidad y la búsqueda incansable de la excelencia son los pilares sobre los que sustenta sus trabajos de odontología estética y ortodoncia, especialidad esta última que le apasiona y en la que atesora una dilatada experiencia en todas sus diferentes posibilidades.

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