El aburrimiento también educa 

«Mamá, me aburro.» 

Probablemente sea una de las frases que más se repite durante el verano. Apenas han pasado unos minutos desde que apagaron la televisión, terminaron de jugar o volvieron de la piscina, y ya aparece de nuevo esa petición casi automática: «¿Qué puedo hacer?» 

Entonces empieza la búsqueda de actividades. Sacamos otro juego, proponemos una manualidad, pensamos en una excursión o, cuando ya no se nos ocurren más ideas, acabamos recurriendo a una pantalla para llenar ese vacío. 

Pero ¿y si el aburrimiento no fuera un problema? 

Vivimos en una sociedad donde parece que cada minuto de la infancia tiene que estar ocupado. Actividades extraescolares, campamentos, juguetes, tecnología, planes para cada tarde… Sin darnos cuenta, hemos empezado a asociar el aburrimiento con algo negativo, cuando en realidad puede convertirse en un gran aliado para el desarrollo. 

El aburrimiento no significa que un niño esté siendo desatendido. Significa que, por unos momentos, no tiene un estímulo externo diciéndole qué hacer. Y precisamente ahí empieza algo muy importante: tiene la oportunidad de buscar recursos dentro de sí mismo. 

Cuando un niño dispone de ese tiempo, empieza a imaginar. Construye una cabaña con unas sábanas, inventa una historia con muñecos, dibuja, observa una hormiga en el jardín, crea un juego nuevo con unas pinzas de la ropa o simplemente se queda pensando. 

Puede parecer que «no está haciendo nada», pero su cerebro sí está trabajando. 

En esos momentos se desarrollan habilidades que no siempre aparecen cuando todo está organizado: la creatividad, la iniciativa, la resolución de problemas, la capacidad de tolerar la frustración y la autonomía. 

Esto no significa que debamos dejar a un niño aburrido durante horas esperando que se entretenga solo. Los niños necesitan acompañamiento, juego compartido y tiempo de calidad con sus familias. La clave está en encontrar un equilibrio: ofrecer momentos de juego juntos y permitir también espacios donde no todo esté planificado. 

Es normal que al principio protesten. Si un niño está acostumbrado a recibir una propuesta cada vez que dice «me aburro», es lógico que espere que ocurra lo mismo. Aprender a gestionar ese tiempo también es un aprendizaje, y como cualquier aprendizaje requiere práctica. 

La próxima vez que tu hijo te diga que se aburre, prueba a no resolver el problema inmediatamente. 

Puedes responder con calma:

«Estoy segura de que se te ocurrirá algo.» 

«¿Qué ideas tienes tú?» 

«Confío en que encontrarás una forma divertida de pasar el rato.» 

Estas respuestas no ignoran su emoción. Al contrario, le transmiten un mensaje muy valioso: confío en tu capacidad para encontrar soluciones. 

Quizá durante unos minutos siga diciendo que no sabe qué hacer. Pero muchas veces, si resistimos la tentación de intervenir enseguida, acaba apareciendo un juego, una idea o una historia que nadie había planeado. 

Y es ahí donde ocurre la magia. 

Porque no todos los momentos del verano tienen que estar llenos de actividades para ser valiosos. 

A veces, el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos no es ofrecerles un plan más, sino regalarles el tiempo y el espacio necesarios para descubrir que también saben crear los suyos. 

Porque el aburrimiento, lejos de ser tiempo perdido, también educa.

Sobre Carmen Martínez 

Carmen Martínez es Psicóloga General Sanitaria,  especializada en psicología infantil y juvenil,  y fundadora de CreSer, Centro de Psicología y Desarrollo Infantojuvenil en Granada. Desde su consulta acompaña a niños, adolescentes y familias, abordando dificultades emocionales, trastornos del neurodesarrollo, alimentación infantil y trastornos de la conducta alimentaria. Compagina la práctica clínica con la divulgación en salud mental para acercar la psicología basada en la evidencia a las familias.

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