«¿Cuánto queda?»
Si has viajado alguna vez con niños, es muy probable que hayas escuchado esta pregunta antes incluso de salir de la ciudad.
Las vacaciones suelen ser uno de los momentos más esperados del año. Imaginamos playas, pueblos con encanto, escapadas en familia y tiempo para desconectar. Sin embargo, cuando viajamos con niños, la realidad a veces es muy distinta de la que habíamos imaginado.
Maletas, cambios de horario, horas de coche, esperas en estaciones o aeropuertos, comidas fuera de casa, calor, sueño acumulado… y, de repente, aparece una rabieta en el momento menos oportuno.
Entonces muchos padres se hacen la misma pregunta:
«¿Por qué mi hijo parece estar más irritable precisamente cuando estamos de vacaciones?» La respuesta suele ser mucho más sencilla de lo que pensamos.
Porque, aunque para nosotros viajar signifique descansar, para un niño supone un enorme esfuerzo de adaptación.
Durante unos días cambia prácticamente todo aquello que le da seguridad: duerme en otra cama, come a horas diferentes, deja de ver a las personas con las que convive habitualmente y pasa el día en lugares desconocidos. Incluso las pequeñas rutinas que organizan su día desaparecen casi por completo.
Y aunque el destino sea maravilloso, su cerebro sigue interpretando que está viviendo muchos cambios a la vez.
Los niños no siempre expresan ese esfuerzo con palabras. Lo hacen como mejor saben: estando más sensibles, necesitando más ayuda, enfadándose con facilidad o teniendo menos paciencia.
Eso no significa que las vacaciones estén siendo un desastre.
Significa que están haciendo un gran trabajo adaptándose.
A veces esperamos que, porque estamos en un lugar bonito, ellos disfruten cada minuto igual que nosotros. Pero un niño cansado seguirá estando cansado aunque esté frente al mar. Un niño con sueño seguirá necesitando descansar aunque esté en un parque de atracciones. Y un niño desbordado seguirá necesitando un adulto que le ayude a regularse, aunque la foto de las vacaciones parezca perfecta.
Quizá el mayor cambio que podemos hacer como familias sea dejar de interpretar esas conductas como una falta de educación o de agradecimiento.
Detrás de muchas rabietas durante un viaje no hay un niño caprichoso.
Hay un niño que está intentando adaptarse a un mundo que, durante unos días, ha cambiado por completo.
Las vacaciones no tienen que ser perfectas para convertirse en un buen recuerdo. Habrá momentos de ilusión, de risas y también de cansancio. Y eso forma parte del viaje.
Porque, al final, los niños no suelen recordar si visitaron tres monumentos o cinco. Lo que realmente permanece es cómo se sintieron durante esos días. Y sentirse comprendidos también puede convertirse en el mejor recuerdo de las vacaciones.
Sobre Carmen Martínez
Carmen Martínez es Psicóloga General Sanitaria, especializada en psicología infantil y juvenil, y fundadora de CreSer, Centro de Psicología y Desarrollo Infantojuvenil en Granada. Desde su consulta acompaña a niños, adolescentes y familias, abordando dificultades emocionales, trastornos del neurodesarrollo, alimentación infantil y trastornos de la conducta alimentaria. Compagina la práctica clínica con la divulgación en salud mental para acercar la psicología basada en la evidencia a las familias.

