Las peleas entre hermanos pueden llegar a ser motivo de estrés para las familias, puesto que los pequeños a veces no entienden ciertas normas básicas que los adultos sí hemos aprendido a interiorizar. Gritos, insultos, llantos… incluso violencia física, en ocasiones.
Naturalmente, los adultos intentan evitar estas disputas, pero no es tan simple como puede parecer. Un dilema frecuente es cuándo se debe intervenir, pues muchas veces la propia pelea se resuelve sin necesidad de que un adulto tenga que mediar. De hecho, puede ser beneficioso que los propios niños sepan resolver sus propios conflictos, pues les ayuda a saber lidiar en el futuro con situaciones similares.
Algo normal en el desarrollo
Rebeca Carrasco, del centro psicológico Cepsim, explica que las peleas entre hermanos son “un comportamiento normal que surge a partir del segundo año de vida”. La evolución natural pasa desde el conflicto físico a peleas más “sofisticadas”, con su pico entre los 6 y los 12 años, y desapareciendo gradualmente con la llegada de la adolescencia.
Los orígenes de estas peleas son, en su mayoría, por la necesidad de llamar la atención de los padres. Otros motivos son los celos, los juegos en los que no se establecen límites, o la defensa de lo propio (juguetes, ropa, espacio físico…). La raíz suele estar en situaciones que les generan inseguridad, según explica Unicef.
Carrasco avisa de que, “cuando discuten por algo también están buscando un acuerdo”, por lo que “no pasa nada porque tengan diferencias y conflictos”. Pueden estar horas discutiendo sobre algo, y eso no necesariamente implica que los adultos deban mediar entre ellos. Se debe intervenir “cuando no saben resolverlo solos o lo están haciendo de una forma poco saludable”.
La calma es el elemento clave
Es fundamental que los padres no repliquen el comportamiento de los niños, y que actúen con tranquilidad y evitando los gritos. Se les debe separar, hablarles únicamente cuando estén calmados, e interrogarles para conocer la razón de la disputa. Unicef recomienda también, cuando haya desaparecido la tensión, hacerles reflexionar sobre “las consecuencias de sus actos y el impacto afectivo en los demás”.
Una vez se hayan calmado, se les puede dar la oportunidad de volver a jugar, siempre y cuando hayan entendido bien por qué se les ha separado y por qué no eran formas de solucionar el conflicto.
No se puede solamente regañar
Además, todo niño busca el refuerzo positivo de sus padres. Por ello, los progenitores deben hacer notar también cuando se están relacionando sin pelearse, demostrándoles que les gusta verles en paz. Incluso se les puede premiar por su buen comportamiento. “Este tipo de refuerzos son mucho más eficaces y duraderos que los castigos”, indica Carrasco.
Unicef señala que tener hermanos enseña a convivir y al deber de “renunciar a ciertas cosas, colaborar, compartir y adaptarse a diferentes situaciones”. Por ello, la convivencia entre hermanos les prepara de cara a la vida adulta, haciéndoles entender que no se puede tener todo ni ser el centro de atención.

