La crianza en familia no es tan armoniosa como el final de una película navideña. En muchas ocasiones, el cariño y la comunicación no parecen ser suficientes para educar a los hijos, y eso puede llevar a que los padres se desesperen y empleen formas más “contundentes” para controlar a los niños.
Cuando surge un conflicto, no es raro que las personas pierdan los estribos y griten. Según la web de PsicoActiva, los gritos producidos por ira “suelen ser una vía por la que transmitir unas emociones negativas que, o bien han sido contenidas, o bien quien las siente no ha sabido canalizarlas”.
De hecho, afirman que “está demostrado que un niño que oye gritos de forma habitual tenderá a repetir ese patrón de comportamiento en sus comunicaciones una vez que sea adulto”. Por ello, no gritar a los hijos no sirve solo para mantener una comunicación sana con los más pequeños, sino también para evitar que ellos hagan lo mismo en el futuro.
Entender los gritos
El doctor en psicología y neuropsicólogo, Álvaro Bilbao, escribe en su blog que “educar sin gritar” no implica no alzar la voz nunca más, puesto que en ciertas situaciones puede ser justificable (por ejemplo, si un niño intenta cruzar la carretera sin mirar).
El verdadero significado de la educación sin gritos consiste en desarrollar “habilidades y estrategias que permitan educar de una forma positiva, dejando atrás gran parte de esos gritos y transformándolos en comprensión, paciencia y estrategias efectivas para educar sin perder los nervios”.
En la web de Consultorio Psicolife especifican que gritar “no te hace un mal padre o madre”, ya que el chillido “casi nunca es sobre el niño: es sobre la sobrecarga emocional acumulada del adulto”. Se trata de una respuesta ante la situación de estrés en la que se encuentra el adulto, lo cual puede darse por situaciones completamente ajenas a los hijos.
Claves para no gritar
La clínica Neuroglía Gandía recomienda varios puntos cruciales para no perder la compostura y recurrir a los gritos. Algunos consisten en actuar sobre la conducta de los niños: establecer límites claros, anticiparse a situaciones donde puedan surgir conflictos, y hacerles conscientes de la incertidumbre de la vida y de la necesidad de ser adaptables.
Otros giran en torno a cómo relacionarse con ellos desde la posición de adultos: mostrarse siempre comprensivos con su mundo, mantener un diálogo positivo y a su nivel de comprensión y darles espacio para que resuelvan sus conflictos.
Por último, los adultos también deben ser conscientes de su propio comportamiento. En todo momento, deben intentar servir de ejemplo para sus propios hijos, así como reflexionar sobre sus actos y entender que tienen un gran impacto en los niños.
Además, Psicolife enumera algunas pautas básicas para no perder el control durante una situación de tensión: pausas para respirar antes de hablar, abandonar la habitación si es necesario, interpretar y nombrar las emociones, o entender el origen del malestar.
Reconocer el error no es un error
Partiendo de la base de que los gritos pueden surgir de los labios de los padres más preparados, también los progenitores deben saber cómo actuar si estos chillidos ya se han producido.
Desde Psicolife, explican que “reparar es tan importante como prevenir”, y que “los niños no necesitan padres perfectos, necesitan padres que reparan”. Por ello, es positivo hablar con los hijos y admitir que ha sido una equivocación recurrir a los gritos.

