«Mamá… creo que tengo barriga.»
Tiene diez años.
Quizá esa frase apareció mientras se probaba el bañador delante del espejo. O después de volver de la piscina. Puede que la escucháramos casi sin darle importancia e incluso respondiéramos con un rápido: «No digas tonterías»
Porque pensamos que es solo un comentario.
Pero, a veces, esa frase es mucho más que eso.
Cada verano, miles de niños y preadolescentes pasan más tiempo en bañador, se comparan con otros cuerpos, escuchan conversaciones sobre dietas, leen comentarios en redes sociales o reciben opiniones, muchas veces sin mala intención, sobre su aspecto físico.
Y, poco a poco, empiezan a hacerse una pregunta que hasta hace muy poco ni siquiera existía para ellos:
«¿Mi cuerpo está bien?»
Como padres, solemos pensar que la preocupación por la imagen corporal aparece en la adolescencia. Sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar comentarios sobre el cuerpo en niños y niñas de nueve, diez u once años.
No significa que todos vayan a desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria.
Pero sí nos habla de algo importante. Empiezan a construir la forma en la que se miran a sí mismos. Y esa mirada se construye mucho antes de que aparezca un problema.
A veces, las señales son muy sutiles. Un niño que ya no quiere ponerse el bañador. Una niña que evita salir en las fotos. Quien se compara continuamente con otros compañeros. Quien pregunta si un alimento «engorda». O quien, de repente, empieza a decir que no le gusta su cuerpo.
Son frases que pueden pasar desapercibidas porque parecen propias de la edad.
Y, en muchas ocasiones, efectivamente forman parte de una etapa en la que empiezan a tomar más conciencia de su imagen.
Pero eso no significa que debamos restarles importancia.
No porque haya que alarmarse. Sino porque detrás de esas palabras suele haber una necesidad mucho más profunda que hablar de un cuerpo.
Hay una necesidad de sentirse aceptado.
De pertenecer.
De gustarse.
De entender que su valor no depende de cómo se vea frente al espejo.
Como psicóloga, una de las cosas que más me preocupa no es escuchar a un adolescente decir que no le gusta su cuerpo.
Es escuchar esa misma frase cada vez a edades más tempranas.
Porque la relación que los niños/as tendrán con la comida y con su imagen no empieza el día que alguien les habla de una dieta.
Empieza mucho antes. Empieza en los comentarios que escuchan en casa. En cómo hablamos de nuestro propio cuerpo. En lo que entienden cuando alguien dice que «hay que compensar» una comida o que «este verano hay que adelgazar».
Y también empieza en cómo reaccionamos cuando ellos nos dicen, casi sin darle importancia:
«Creo que tengo barriga»
Quizá nuestra respuesta no cambie todos los mensajes que ha escuchado fuera. Pero sí puede cambiar el lugar desde el que aprenderá a mirarse.
Cuando un niño habla mal de su cuerpo, nuestra primera reacción no debería ser convencerle de que está equivocado con un simple «pero si estás estupendo». Aunque lo hagamos con la mejor intención, muchas veces esa respuesta hace que sienta que no hemos entendido lo que realmente le preocupa.
A veces necesitan algo mucho más sencillo.
Necesitan que les preguntemos:
«¿Qué te hace sentir así?»
Porque, en muchas ocasiones, detrás de un «tengo barriga» no hay un problema con su cuerpo.
Hay una comparación con otros niños. Un comentario que alguien hizo en el colegio. El miedo a no gustar. O la necesidad de encajar.
Cuando dejamos de centrarnos únicamente en el cuerpo y empezamos a interesarnos por la emoción que hay detrás, les estamos enseñando algo mucho más valioso que cualquier consejo sobre alimentación.
Les estamos enseñando que su valor no depende de un espejo.
Y que, pase lo que pase fuera, siempre tendrán un lugar seguro donde hablar de cómo se sienten.
Porque cuidar la relación que nuestros hijos construyen con su cuerpo no consiste en enseñarles a querer cada parte de él todos los días.
Consiste en ayudarles a comprender que su cuerpo merece respeto, cuidado y agradecimiento, incluso en aquellos días en los que no les gusta lo que ven.
Y ese aprendizaje empieza mucho antes de la adolescencia.
Empieza en casa.
Los niños/as no necesitan crecer creyendo que tienen un cuerpo perfecto. Necesitan crecer sabiendo que su valor nunca dependerá de su cuerpo.
Sobre Carmen Martínez
Carmen Martínez es Psicóloga General Sanitaria, especializada en psicología infantil y juvenil, y fundadora de CreSer, Centro de Psicología y Desarrollo Infantojuvenil en Granada. Desde su consulta acompaña a niños, adolescentes y familias, abordando dificultades emocionales, trastornos del neurodesarrollo, alimentación infantil y trastornos de la conducta alimentaria. Compagina la práctica clínica con la divulgación en salud mental para acercar la psicología basada en la evidencia a las familias.

