“Es que se enfada por todo”.
Quizás esta sea una de las frases que más escuchamos cuando hablamos de niños y adolescentes. Se enfada cuando le decimos que apague la televisión, cuando tiene que hacer los deberes, cuando algo no sale como esperaba, cuando le ponemos un límite o incluso cuando intentamos ayudarle.
Y llega un momento en el que las familias sienten que viven en una batalla constante. Pero ¿qué ocurre cuando detrás de ese enfado hay algo más?
No todo es “mal comportamiento”
Cuando un niño está irritable, es fácil quedarse únicamente con lo que vemos: grita, contesta mal, se encierra en su habitación, protesta, llora o tiene una reacción que nos parece desproporcionada.
Sin embargo, la conducta es solo la parte visible.
A veces, detrás de un “¡déjame!” hay cansancio. Detrás de un “¡no quiero!” puede haber frustración. Detrás de una respuesta que parece desafiante puede existir ansiedad, dificultad para gestionar los cambios, sensación de no poder con una situación o simplemente una acumulación de emociones que el niño todavía no sabe expresar de otra manera.
Esto no significa justificar cualquier comportamiento. Significa intentar comprender qué está pasando antes de decidir cómo intervenir.
Porque un niño no siempre sabe decir: “Estoy sobrepasado”, “esto me preocupa”, “me está costando” o “necesito parar”.
A veces simplemente se enfada.
Cuando todo parece convertirse en un conflicto
La irritabilidad puede aparecer en determinados momentos del desarrollo y no siempre significa que exista un problema.
Todos los niños y adolescentes tienen días malos. Se frustran, se cansan, tienen cambios de humor y necesitan aprender poco a poco a gestionar aquello que sienten.
La dificultad aparece cuando el enfado se convierte en una respuesta demasiado frecuente o intensa, cuando empieza a afectar a la convivencia familiar, al colegio, a las relaciones con los demás o al propio bienestar del niño.
También conviene observar cuándo aparece.
¿Es especialmente frecuente después del colegio? ¿Cuando tiene que separarse de sus padres? ¿Ante los deberes? ¿Cuando pierde jugando? ¿Cuando hay cambios de planes? ¿Por las noches?
Las respuestas pueden darnos mucha información.
Porque quizá no necesitemos preguntarnos solamente “¿por qué se porta así?”, sino también “¿qué está ocurriendo justo antes de que se enfade?”
¿Y qué podéis hacer como padres?
Cuando vuestro hijo está enfadado, vuestra primera reacción puede ser entrar en la misma dinámica: subir el tono, insistir, discutir o intentar que entienda inmediatamente que su comportamiento no es adecuado.
Pero en plena explosión emocional, probablemente no sea el mejor momento para razonar.
Primero necesitamos ayudarle a volver a un estado de calma. Podemos poner límites sin entrar en una lucha de poder: “Entiendo que estás muy enfadado, pero no voy a permitir que me hables así”.
Y cuando la emoción haya bajado, podremos hablar de lo ocurrido.
No se trata de evitar todos los enfados. Se trata de enseñar poco a poco al niño a reconocerlos, expresarlos y gestionarlos de una forma diferente.
Podemos empezar con preguntas sencillas: “¿Qué ha pasado?”, “¿Qué ha sido lo que más te ha molestado?”, “¿Qué necesitabas en ese momento?”
A veces, esa conversación nos permite descubrir que el problema nunca fue únicamente el enfado.
Entender no significa permitirlo todo
Esta es una diferencia importante.
Comprender la emoción no significa aceptar cualquier conducta.
Un niño puede estar muy enfadado y, al mismo tiempo, necesitar aprender que no puede insultar, pegar, romper cosas o faltar al respeto.
Los límites siguen siendo necesarios. La diferencia está en cómo los ponemos.
Podemos decir: “Entiendo que estés enfadado porque querías seguir jugando. Puedes enfadarte, pero no puedes pegar”.
Porque educar emocionalmente también significa enseñar que todas las emociones son válidas, pero no todas las formas de expresarlas lo son.
Quizás la pregunta no sea “¿por qué se enfada tanto?”
Cuando un niño se enfada constantemente, es comprensible que los adultos acabemos agotados.
Pero antes de quedarnos únicamente con la conducta, merece la pena mirar un poco más allá.
● ¿Qué está intentando comunicar?
● ¿Qué situaciones le están resultando especialmente difíciles?
● ¿Qué necesita y todavía no sabe pedir?
● Y, sobre todo, ¿desde cuándo ocurre?
Porque cuando entendemos la emoción que hay detrás de una conducta, dejamos de verla únicamente como un problema que hay que eliminar y empezamos a verla como una señal que nos está dando información.
Y a veces, ese cambio de mirada es el primer paso para poder ayudar.
Sobre Carmen Martínez

Carmen Martínez es Psicóloga General Sanitaria, especializada en psicología infantil y juvenil, y fundadora de CreSer, Centro de Psicología y Desarrollo Infantojuvenil en Granada. Desde su consulta acompaña a niños, adolescentes y familias, abordando dificultades emocionales, trastornos del neurodesarrollo, alimentación infantil y trastornos de la conducta alimentaria. Compagina la práctica clínica con la divulgación en salud mental para acercar la psicología basada en la evidencia a las familias.
