Cuando Halloween no es divertido: cómo acompañar los miedos de los niños

Los disfraces terroríficos, los sustos y las historias de monstruos pueden resultar divertidos para algunos pequeños, pero generar angustia en otros. Los especialistas recomiendan escuchar sus emociones, respetar sus ritmos y evitar que la diversión se convierta en una experiencia desagradable.

Halloween está cada vez más presente en el calendario de muchas familias aunque no se trate de una fiesta precisamente española. Disfraces, calabazas, casas encantadas y personajes terroríficos llenan estos días escaparates, colegios y actividades infantiles. Sin embargo, no todos los niños viven esta celebración de la misma manera. Lo que para unos es un juego divertido, para otros puede convertirse en una fuente de miedo.

El temor a los monstruos, la oscuridad, los ruidos inesperados o los personajes que parecen amenazantes forma parte de las experiencias habituales durante la infancia. En determinadas etapas, la imaginación puede hacer que una situación ficticia se perciba como algo mucho más real de lo que es. Por eso, cuando un niño se asusta ante una máscara, una decoración o una historia de terror, su reacción no debe interpretarse como una exageración ni como una falta de valentía.

La cuestión no es conseguir que los pequeños dejen de tener miedo para disfrutar de Halloween, sino ayudarles a comprender lo que sienten y ofrecerles seguridad para afrontar esas situaciones a su propio ritmo.

No todos los niños disfrutan de los sustos

La Escola de Salut del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona explica que los temores infantiles varían según la etapa de desarrollo. Entre los tres y los cinco años, por ejemplo, pueden aparecer miedos a las personas disfrazadas, además de a la oscuridad o a determinados ruidos. A medida que los niños crecen, estos temores pueden cambiar y dar paso a otras preocupaciones.

El miedo es una emoción normal y cumple una función protectora, ya que nos prepara para reaccionar ante aquello que percibimos como una amenaza. Durante la infancia, además, los temores pueden cambiar a medida que los niños crecen y comprenden mejor el mundo.

Por eso, conviene prestar atención a cómo vive cada uno estas celebraciones. Si un pequeño no quiere entrar en un pasaje del terror, se asusta al encontrarse con alguien disfrazado o prefiere no participar en un juego de sustos, obligarlo a hacerlo no es la mejor manera de ayudarle. Por poner un ejemplo muy banal, este redactor no pudo ver la película La niña del exorcista hasta bien entrados los quince/dieciséis años por un susto que sus amigos le dieron en la primaria.

Tampoco resulta útil ridiculizar su reacción con expresiones como «no seas miedoso», «eso no es nada» o «ya eres mayor para tener miedo». Aunque la intención sea tranquilizarlo, restar importancia a lo que siente puede hacer que se avergüence o deje de expresar sus preocupaciones.

Qué pueden hacer las familias cuando aparece el miedo

La manera en la que los adultos responden ante el temor de un niño puede ayudarle a sentirse comprendido y seguro. No se trata de eliminar de inmediato cualquier situación que le incomode, sino de acompañarlo sin presionarlo.

Escuchar antes de intentar convencer. Si el niño se asusta, es recomendable preguntarle qué le preocupa y dejar que explique cómo se siente. A veces, los adultos conocen el origen del miedo, pero no imaginan qué aspecto concreto de una situación está inquietando al pequeño.

Explicar sin ridiculizar. Si una máscara o una decoración le provoca temor, se le puede explicar con tranquilidad qué es lo que está viendo. En función de su edad, puede ayudarle comprobar que detrás de un disfraz hay una persona o que el monstruo de una historia es un personaje ficticio. No es necesario insistir si todavía no está preparado para acercarse.

Respetar sus límites. No todos los niños tienen que participar en las mismas actividades. Si una casa encantada, un espectáculo o un juego le resulta demasiado intenso, puede elegir otra propuesta. Halloween también puede disfrutarse con manualidades, cuentos, disfraces divertidos o juegos que no provoquen miedo.

Acompañar sin transmitir alarma. Mantener una actitud serena y mostrar disponibilidad ayuda a que el niño encuentre seguridad en el adulto. Escucharle no significa confirmar que existe un peligro real, sino reconocer que está sintiendo miedo y ayudarle a interpretar lo que sucede.

Avanzar poco a poco. Si el pequeño quiere superar un temor, la aproximación gradual puede ayudarle. Por ejemplo, puede empezar observando una decoración desde cierta distancia y acercarse cuando se sienta preparado. El objetivo no es que afronte la situación a la fuerza, sino que vaya ganando confianza con apoyo y sin presiones.

¿Hay que evitar todo aquello que les asusta?

La respuesta no consiste en eliminar cualquier estímulo que pueda generar miedo, pero tampoco en exponer a los niños a situaciones intensas para que se acostumbren.

Acompañar un temor no es lo mismo que obligar a superarlo. Las experiencias progresivas y adaptadas a cada niño pueden ayudarle a ganar confianza, pero los desafíos deben respetar sus circunstancias y su disposición. Si una actividad le provoca un malestar importante, insistir puede resultar contraproducente.

En Halloween, esto implica valorar también los contenidos que ven en televisión, plataformas digitales o redes sociales. Los vídeos de sustos, las imágenes violentas y las escenas de terror no son adecuados para todos los públicos, y la edad recomendada es un criterio importante a la hora de elegir qué contenidos ofrecerles.

Las familias pueden anticipar qué van a encontrar en una actividad, explicarles cómo será y darles la posibilidad de decidir si quieren participar. Saber qué va a ocurrir y sentir que pueden pedir ayuda permite a los niños afrontar las novedades con mayor seguridad.

Cuándo conviene prestar más atención

Tener miedo de forma puntual no significa que exista un problema psicológico. Muchos temores infantiles desaparecen o cambian con el desarrollo, especialmente cuando los niños cuentan con un entorno que les ofrece seguridad y les ayuda a comprender sus emociones.

Sin embargo, conviene observar cómo evoluciona ese miedo y qué repercusión tiene en la vida cotidiana. Si es muy intenso, se prolonga en el tiempo o empieza a interferir en el sueño, las relaciones sociales, las actividades habituales o la vida familiar, puede ser conveniente consultar con un profesional de la salud infantil o de la psicología.

No se trata de etiquetar como un problema cualquier temor propio de la edad, sino de reconocer cuándo deja de ser una reacción puntual y empieza a limitar el bienestar del menor.

Halloween puede ser una oportunidad para que los niños jueguen, imaginen y compartan experiencias con sus familias. Pero también puede servir para recordar que cada niño tiene su propio ritmo y que aprender a gestionar el miedo requiere comprensión, tiempo y acompañamiento. No hace falta que todos disfruten de los mismos sustos para pasarlo bien.

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