El poder de la ilusión 

Hace pocos días pude disfrutar en primera fila de la vuelta al cole de unos centenares de niños de Primaria tras las vacaciones estivales. Es un espectáculo anual que, pese a haberlo vivido tantas veces, me sigue sorprendiendo cada año como la primavera. Risas, carreras, caras de sueño, de sorpresa, de cierta inquietud expectante ante un cole nuevo, alguna lágrima furtiva… pero el denominador común podría establecerse en algo tan poco original y tan precioso como la ilusión. 

Desde una óptica pragmática y materialista podríamos reducir esa ilusión a la alegría de volver a ver a los amigos, de estrenar mochila, de reencontrarse con días llenos tras esas largas jornadas de agosto en las que muchos de los escolares más pequeños no saben ya qué hacer con tantas horas y pasean su aburrimiento por el pasillo o lo ahogan en una pantalla. 

Pero quizá hay algo más; una secreta expectativa, la esperanza de algo maravilloso, el deseo de construir algo grande y el anhelo de hacerse grande uno mismo mientras lo construye. Los adultos también sentimos a veces cierta nostalgia de esa mirada limpia y ese corazón abierto al futuro cuando recordamos el olor a papel nuevo de los libros, a tiza fresca, a virutas de lápiz y a limaduras blanquísimas de goma de borrar recién estrenada. 

Los adolescentes llegan unos días después con menos ganas, con más sueño y menos alborozo. Pero si te detienes a mirar, los ojos de la mayoría siguen escondiendo la luz de un sueño, aunque quizá esté ya tamizada por el miedo al qué dirán, por el temor al fracaso o al riesgo de parecer ingenuos. Y por tanto disimulan y se disfrazan, como hacen tantas veces a propósito de tantas realidades…quizá porque han visto que los adultos hacen lo mismo. 

Y frente a esto y sin solución de continuidad la realidad nos devuelve como una bofetada unos resultados PISA que nos alejan de cualquier futuro halagüeño, que auguran para los jóvenes españoles un porvenir profesional lejos de los puestos de cabeza, privado de oportunidades al más alto nivel. Al más puro estilo hispánico, empezamos a repartir las culpas como las cartas, con la sana intención de no quedarnos con ninguna en la mano: los grupos políticos culpan al gobierno, el gobierno a las comunidades autónomas, los maestros a los padres y los padres a los maestros, y todos al sistema, a las competencias o a la burocracia. 

No es mi intención hacer hoy aquí un análisis de las responsabilidades de semejante batacazo, sino compartir una reflexión sobre la inutilidad de arrojar las culpas como lanzas sin hacer autocrítica o caer en el fatalismo triste de “así son las cosas; cómo está el mundo, señor Facundo”. 

De uno depende lo que uno mismo puede hacer

Y desde esa óptica, si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo, según reza la célebre cita atribuida a Einstein. Quizá la solución pasa por introducir pequeños cambios en la esfera asequible a la propia influencia: provocar una ligera modificación de tendencia, una suave curva ascendente, sin esperar a que alguien venga a hacerlo, provisto de una varita mágica o barra libre en el BOE. 

Un profe puede plantearse cómo ilusionar a los niños con la lectura en su aula, aunque se sienta como un Quijote porque fuera nada parezca ayudar. Un equipo docente puede atreverse al reto vertiginoso de trabajar en la cultura del esfuerzo, arriesgando todo a que los padres entenderán que eso es bueno para sus hijos, aunque no sea cómodo ni para sus hijos ni para ellos. 

Unos padres pueden cuestionarse si de verdad su hijo de 8 años necesita un smartphone con tarifa plana o le vendrá mejor un rato de conversación, un tiempo para fregar los platos, unos minutos de juego en el parque o de lectura familiar, en la que todos leen sin pantallas empezando por mamá y papá. Pueden considerar la oportunidad de dedicar alguna mañana del sábado a un paseo en familia por los preciosos parajes de Sierra Nevada o a sumergirse un rato en las salas del Museo Arqueológico o el de Bellas Artes. Quizá incluso sea posible considerar si lo mejor para su hijo adolescente es rendirse a sus caprichos o acompañarlo en su frustración y llorar con él cuando las cosas no salen a la primera, pero sin allanarle las dificultades ni claudicar sin batalla ante chantajes emocionales. 

La ilusión de un niño que empieza curso es tan grande que merece compañía. Los niños no necesitan modelos perfectos (superpapis, supermamis, superprofes) sino adultos maduros que luchan por vivir lo que saben que merece la pena vivir y por eso lo plantean como meta a los chicos. Las personas que siempre luchan no ganan siempre, pero tienen luz porque su coherencia los ilumina e ilumina a los demás, porque les dice a los pequeños que esa ilusión en su mirada no es simplemente un espejismo, sino una brújula. 

Al fin y al cabo la educación de la libertad es la verdadera educación, pero de eso tendremos que hablar otro día.

Sobre Fernando Ruiz Retamar

Subdirector de Secundaria y Bachillerato en Attendis (Colegio Mulhacén)│ Miembro de IBEN – Facilitador de talleres presenciales y virtuales

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