«¿Qué tal el instituto?»
«Bien»
«¿Qué habéis hecho hoy?»
«Nada»
Y la conversación termina ahí.
Muchos padres recuerdan con cierta nostalgia una etapa en la que bastaba con recoger a sus hijos del colegio para escuchar un relato completo del día. Les contaban con detalle qué habían hecho en clase, quién se había sentado a su lado, qué habían comido en el comedor o incluso quién había llevado un juguete nuevo.
Ahora, en cambio, las respuestas parecen reducirse a una sola palabra.
«Bien»
«No sé»
«Nada»
Y entonces aparece una preocupación muy frecuente:
«¿Por qué ya no me cuenta las cosas? ¿Le pasa algo? ¿Estoy haciendo algo mal?»
La mayoría de las veces, la respuesta es mucho más tranquilizadora de lo que imaginamos.
La adolescencia es una etapa en la que los hijos empiezan a construir una identidad propia.
Poco a poco necesitan diferenciarse de sus padres, tomar decisiones, guardar algunos pensamientos para sí mismos y encontrar en sus amigos un espacio de intimidad.
No es que dejen de necesitar a su familia. Es que empiezan a necesitarse también a sí mismos.
Y ese proceso, aunque a veces resulte desconcertante para los adultos, forma parte de crecer.
Sin embargo, cuando dejamos de recibir esa información espontánea, es fácil intentar recuperarla haciendo más preguntas.
«¿Con quién has estado?»
«¿Y luego qué?»
«¿Seguro que no te pasa nada?»
Lo hacemos porque nos preocupa, porque queremos estar presentes y porque seguimos necesitando saber cómo están.
Pero, en ocasiones, cuanto más insistimos, más corta se vuelve la conversación.
No porque quieran alejarnos. Sino porque sienten que cada vez que llegan a casa empieza un interrogatorio.
Quizá el reto durante la adolescencia no sea conseguir que nos cuenten todo. Quizá sea conseguir que sigan sintiendo que pueden hacerlo cuando realmente lo necesiten.
Eso no suele construirse con muchas preguntas.
Se construye con presencia.
Con momentos compartidos sin exigir conversación. Con un paseo. Con un trayecto en coche. Preparando la cena juntos. Viendo una serie.
Porque, curiosamente, muchas de las conversaciones más importantes con un adolescente no ocurren cuando nos sentamos frente a frente a preguntar cómo está.
Suceden cuando no parece que estemos hablando de nada importante.
Y, de repente, mientras recogemos la mesa o conducimos hacia casa, aparece una frase que abre una puerta.
Si en ese momento sienten que serán escuchados sin juicios, sin sermones y sin prisas por encontrar una solución, es mucho más probable que vuelvan a cruzarla.
Crecer también significa guardar algunas cosas para uno mismo.
Y eso puede resultar difícil para unos padres que echan de menos a aquel niño que les contaba hasta lo que había desayunado su compañero.
Pero que un adolescente ya no lo cuente todo no significa que hayas dejado de ser importante.
Muchas veces significa precisamente lo contrario. Significa que sabe que estás ahí.
Y que, cuando llegue el momento de hablar de lo que realmente le preocupa, necesita sentir que seguirá encontrando el mismo lugar seguro de siempre.
Porque durante la adolescencia el vínculo no desaparece.
Simplemente cambia de forma.
Sobre Carmen Martínez

Carmen Martínez es Psicóloga General Sanitaria, especializada en psicología infantil y juvenil, y fundadora de CreSer, Centro de Psicología y Desarrollo Infantojuvenil en Granada. Desde su consulta acompaña a niños, adolescentes y familias, abordando dificultades emocionales, trastornos del neurodesarrollo, alimentación infantil y trastornos de la conducta alimentaria. Compagina la práctica clínica con la divulgación en salud mental para acercar la psicología basada en la evidencia a las familias.
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